top of page
Buscar

LA HERIDA


Hay guerras que no se declaran. No tienen trincheras ni uniformes ni victorias claras. Se libran adentro, en el tejido de los vínculos que elegimos, en los cuerpos donde nos refugiamos, en los ojos donde nos perdemos para no ver los propios.

Este texto nació de ahí: de mirar de frente a ese agresor que tiene mi mismo aliento, mi mismo miedo, mi misma sed. Aquí el texto completo original escrito una madrugada en medio de la solitud y el silencio, inspirado en las enseñanzas del perdón de Roberto Pérez.


No fui a la guerra, mas tengo el corazón lleno de heridas de mi propia guerra, y el cuerpo con cicatrices de haberme hundido en otros cuerpos heridos y moribundos para esconderme de un enemigo implacable, un rival estratégico, violento, sutil, silencioso y obsesionado por alimentarse de la misma sangre de mis mismas heridas.

Tuvimos un vínculo abusivo. Él me tapaba la boca mientras miraba mis ojos y apretaba mi garganta para callar y penetrar con su lengua filosa cada herida del pasado.

Y yo me las dejé chupar. Y yo me sometí a sus encantos y comencé la autofelación de mis propias heridas.

¿Cómo perdonar sentir placer en tanto dolor? ¿Cómo perdonar mirando a los ojos al agresor cuyo aroma reconozco familiar desde el primer suspiro?

Entonces giro en la intimidad de mi almohada y aquí está él. Intento no despertarlo, no provocar a mi agresor: que duerma, que duerma...

Y en el silencio de la noche, en la oscuridad de mi alma, levanto mi cabeza y ahí está otra vez, implacable, clavando su mirada.

Y nos volvemos a enamorar.

Entonces cierro mis ojos, respiro profundo mientras siento mi aliento tibio al oído: el calor, el dolor, el placer, la herida turgente, lista para eyacular sangre nuevamente.

Vuelvo, y en el espejo circular del baño no estoy más que yo. Siempre. Yo Soy.

Me digo en voz alta: gracias por las heridas, gracias por acompañarme, gracias por enseñarme el maravilloso sabor a miedo y permitirme cada día decidir perdonarte y amarte.

Perdonar el dolor de la herida es recordarla, pasarla nuevamente por el corazón, sin quedarse allí, mas sin negar el dolor que causé o que recibí.

Observá tus heridas y perdoná.

Primero reconocé el miedo, la debilidad, el impulso o ese dolor previo que te llevó a hacer lo que hiciste. No para justificar, no para resignarse, sino para aceptar.

Porque cuando recuerdo y reconozco de dónde vino la acción que causó el dolor de mis heridas, entonces puedo hacerme responsable y dejar de culparme a mí o a vos por el daño.

No somos víctimas. No somos culpables. Somos responsables de reparar la herida, y reparar no depende de nadie más que de mí. No hay justicia que lo haga por mí.

Entonces puedo perdonar. Entonces puedo ver las cicatrices de una guerra interna que yo mismo creé.

Vuelvo a abrir mis ojos y miro a mi espejo, que sos vos. Y si nos duele, nos lamemos las heridas con fluido de perdón y nos donamos completamente a amarnos a pesar de nuestras miserias.

Perdonar totalmente es el desafío más duro al que puede someterse al amor.

Así, nada puede ser amenazado.

Bendiciones. Vamos. izēki • molina amoracciōn

 
 
 

Comentarios


izēki • amoracciōn

bottom of page